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Domingo, 19 de febrero de 2006

LA COLMENA

Jorge Arturo Freydig*

The Old Stones
Que el mundo iba a cambiar, definitiva y finalmente, cuando la generación de los rockeros ideológicos llegara a la vejez, fue mi firme fe de adolescente.
Así tendría que ser, cómo de otra manera, si el sistema se sostenía por el poder de los viejos, su vieja moral, sus ojos viejos que todo lo miraban, juzgaban, sojuzgaban de temor reverencial, económico, político... y cuando sus viejos ojos fueran de tierra ciega, quién podría ya juzgar y sojuzgar, quién sería quien pudiera... y quisiera.
Quién no querría ver por medio de la luz, aquélla que iluminó los cielos del verano del amor en la bahía del paraíso, aquella luz que habló en la zarza psicodélica, aquélla que imaginó, que fue imaginación que llegaría al poder; y quién sería quién que pudiera con ella.
Eran los climáticos años ochenta, el mundo se había soltado todo el cabello, se había coloreado absolutamente, y yo creía, del todo y absolutamente en mi profecía.
Crecí creyendo desde niño en la Era de Acuario y el Imagina que imaginaban los discos de mi tío Fernando.
Crecí rezando a la cruz danzante de un Jesucristo Superestrella, y no me daba cuenta —tan fiel creyente era— que ya para entonces no escuchaba promesas sino nostalgias, y que mis ojos novísimos aún no estaban entrenados para ver las sombras de la derrota que no pudo tomar otra vez La Bastilla.
No me di cuenta que aquellos locos libertarios que encontré una mañana de pinta en el campo nudista de la cascada, de aquel Palm Springs clandestino que mi conciencia descubría, no eran los profetas de la esperanza sino los heridos atlantes del exilio, los últimos de los hippies, los últimos de los últimos de una raza cuyo canto era un crepuscular good morning starshine,
Pero las viejas piedras del Cañón de Taquitz se movían, danzaban con los cuerpos felices bajo el sol desnudo, escuchaban la respuesta que en el viento gritaba el nombre de Emma Goldman, movía a los árboles de Robert Frost, hablaba con la lengua del lagarto Morrison.
Porque yo amanecía, y creía... A veces me cuesta creer —y duele— cuánto creía.
Porque, si yo creía, si el rock creía, cómo podía ser que aquella luz no amaneciera, que tanta luz en aquellos cantos no fuera posible...
Y en la medida que mis ojos de adolescente se entrenaban a las sombras, mi fe entrenaba a la razón para encontrar sentidos al sinsentido de aquella derrota —¡cómo pudo ser, cómo pudo caer de tan alto!—: El mundo cambiaría cuando todas las generaciones fueran de creyentes en un verano del amor eterno.
No me daba cuenta que aquel adolescente nació y crecía a destiempo, una generación después de cuando debió haber tomado, ¡él sí!, la Sorbona y La Bastilla…
Él no hubiera claudicado antes de tiempo como su padre el roncanrolero que ya sólo guardaba la memoria oxidada de un Chevy que cayó al vacío, él no estaría cantando nostalgias crepusculares como su tío, él no pertenecería a ninguna generación X… él creía…
Pero mi firme fe no era otra cosa que un escudo de madera, no fe sino esperanza, no promesa sino ilusión, no amanecía… Bye bye miss American Pie…
En la medida que mis ojos de adulto se entrenaron a ver en los años del embate de la reacción y el neoliberalismo, me di perfecta cuenta de que anochecía.
Y hoy las veo querer bailar, enflaquecidas las viejas piedras como fantasmas de un mundo hundido, transparentes como si bailaran en cueros, su desnudez crepúsculo de nostalgia y holograma de vaticinio.
Ya no ruedan. Tiemblan de frío y mercantilismo. Se anuncian The Rolling Stones en gira… todavía… Llegaron a viejos y a lagartos de un mundo que no cambió, que no quiso. Y todavía no encuentran satisfacción y pronto serán los más viejos de los viejos y los más lagartos de un mundo extinto.
Y hoy... ¿y hoy? ¿Quién es quien pueda mover a las piedras? Acaso en la selva se escuchen gritos… pero aún no soplan como aquel viento que conmovió continentes y dictaduras.
Escucho... creo escuchar... quiero escuchar otra vez la voz de la cascada en aquella mañana de pinta…
“Papá, cuéntame otra vez ese cuento tan bonito de niñas en minifalda y estudiantes con flequillo… y cómo cantaste al vent y tomásteis la Sorbona… en un tiempo de vino y rosas…”


* Periodista y promotor cultural
Comentarios: freydig1@yahoo.com

Por: miguel angel vazquez ramos | el mororjom de la cultura | Comentarios (0) | Referencias (0)

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