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Domingo, 07 de mayo de 2006

La colmena

La historia de Roma

Jorge Arturo Freydig*
Los mil años de historia de Roma fueron los del mayor esplendor del poder, que encarna a la humana ambición, y la cíclica rebelión de los sojuzgados, que encarna a la justicia humana.
Por ello Roma nos fascina, por ello la invocamos una y otra vez en el arte, la novela y el cine, el diseño y la moda, la inspiración de la clase gobernante.
Con los Graco, que ya a fines del siglo II anterior a Cristo y sexto de la historia romana, se alzan para ganar derechos de posesión de la tierra para los plebeyos, se dio el primer gran levantamiento de los plebeyos libres y los esclavos, abriendo una historia de rebelión que se observaría durante los siguientes quinientos años.
Y aunque fue aplastado por el ejército del senado patricio, sentó un precedente que traería grandes consecuencias en el primer tercio del siguiente siglo, cuando Espartaco inicia la tercera y más cruenta guerra de los esclavos, alzándose con decenas de miles de seguidores en contra del poder aristocrático.
Enfrentando también una sangrienta y cruel derrota, que se buscó fuera ejemplar, sentó nuevamente un precedente de lucha y esta vez mayor: el de una leyenda universal.
Cuando hablo de una historia de rebelión de los sojuzgados, me refiero a todos los que, de una u otra forma, padecieron los abusos del poder en turno.
La rebeldía de Julio César fue contra el poder en manos de la aristocracia senatorial que se mostraba incapaz de aliviar la anarquía que habían provocado las guerras civiles del último siglo antes de Cristo y las oportunistas ambiciones de los cónsules y generales; haciéndose necesario un gobierno de unidad que garantizara la supervivencia del Estado y el bienestar de las mayorías insatisfechas.
Por eso, aunque desde una perspectiva actual sea difícil entenderlo, César fue un verdadero héroe; como lo fue su sucesor Augusto, el primer Imperator y quien inició la gloria de Roma.
La gente pensante también personificó esta historia de rebelión desde la trinchera de la conciencia. Y su primer paladín fue Cicerón, enfrentado a los planes de César en quien observaba la muerte de la democracia —que lo era aun en el sentido restringido de la democracia senatorial—.
Irónicamente, ambos, Cicerón y César enfrentados, representan a un héroe cada cual a su manera; el primero el de la conciencia, el segundo el de la necesidad.
De distintas formas en los siguientes cien años, Horacio, Ovidio, Séneca, Petronio, enfrentan sus conciencias al poder en turno que juzgan y denuncian, si bien procurando, como romanos que eran, pragmáticamente sobrevivir al arroyo de la historia.
Marco Aurelio, pese a detentar el poder imperial a fines del siglo II, fue también parte de esa historia de rebelión; su espíritu refinado que desde su perspectiva buscaba un mundo ideal, hubo de enfrentarse a la insensibilidad romana.
Pero nada ilustra más esa historia que el gradual y dramático ascenso de los plebeyos al poder a partir del siglo III.
La historia de Roma, por su duración y por las características propias de aquel pueblo enérgico, puede explicarse también como la de la demostración del ciclo del poder en el sentido aristotélico.
Durante los mil años de Roma, el poder pasó de la monarquía absoluta a la aristocracia y a la democracia, de ésta a la anarquía que devino en una nueva oligarquía que a su vez generó una teocracia que posteriormente se mitigó en formas más benévolas de monarquía.
Sin embargo, el germen de la muerte estaba allí. No fue uno sino dos caballos los que habían cruzado las murallas de Roma.
El último, el que finalmente triunfó, había entrado a fines del siglo primero de nuestra era bajo la tutela del cayado de San Pedro hasta que asumió el poder dos siglos después.
El primero estuvo allí desde el principio: la plebe romana, que una y otra vez intentó la toma del poder, fracasando o ya triunfando brevemente. De hecho, su mayor victoria fue la llegada al poder, en medio del río revuelto de la anarquía, de los pretorianos y los generales plebeyos, una vez caída la última grandeza de Roma con la dinastía antonina.
Si bien, una y otra vez el ciclo del poder giraría para transformar al héroe plebeyo en tirano o para de inicio dar paso a tiranos tan crueles o más que los del periodo aristocrático.
Sin embargo, sólo aliándose al poder cristiano emergente lograron los plebeyos una victoria más duradera... es decir, hasta que el ciclo del poder giró otra vez y una nueva teocracia instauró otra era de tiranía a principios del siglo IV.
Bizancio, la siguiente historia de Roma, el culto al esplendor del poder y el eterno germen de rebelión, duraría otros mil años.
Paralelo a su caída, inicia la modernidad y, con otros nombres, ideas, sistemas, continúa hasta hoy la misma historia.


* Periodista y promotor cultural
Comentarios: freydig1@yahoo.com

Por: miguel angel vazquez ramos | el mororjom de la cultura | Comentarios (0) | Referencias (0)

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