Lunes, 26 de junio de 2006
El arte de teibolear
Jorge Arturo Freydig*
«Con un cadencioso muelleo de rodillas recorre los treinta metros de escaparates: renta de esmokings económicos, curios y sarapes, la tienda del dólar... luego el callejón deshabitado y la fachada de cartón piedra que simula una jungla fosforescente.
«Empuja la puerta y el consabido y frío olor la saluda como un solo de batería al que ella corresponde con un leve castañeteo de dientes...»
Y esta noche, como cada noche... ¡a teibolear!
Teibolear es el nuevo y candente verbo, la lengua de la eufórica raza que corea "¡ea ea, dále, mamacita, así, así, así...!"
¿Una palabra que englobe la experiencia en un table dance?: euforia. Se contagia, permea, invade el ambiente recargado de ansia, piel, música, semipenumbras, diez hermosas bailando y contorsionándose al mismo tiempo en esta pista, en aquélla, en el tubo, en los aros, a través de los espejos, allá, más allá, ¡aquí!
Treinta odaliscas esta noche... aún falta mucho para que veas. Multioferta, multitud, multivisibilidad —"no sabes ni a dónde voltear, güey"—, en la embriaguez de la copa y de la euforia misma.
La juventud desnuda camina ante ti, junto a ti, juntito, fresca y dispuesta en un silencioso ¡acaríciame! La sangre trasuda, hierve. Y a veces, ah, una imposible silueta emerge de camerinos, cruza el pasillo, sube a la pista; ¿de qué revista se escapó esta belleza?, y crees que el cielo existe en la tierra.
«El camerino de los artistas es algo más que un pasillo ancho que comunica a los baños de los empleados...
«La foto de Corina es la más grande. Se la sacaron para la publicidad de su primer show, poco después de que se cansara de enviar grabaciones a las disqueras...
«"Estoy rebuena por detrás", se compara, bien erguida, con su foto: "Y por enfrente me defiendo, cómo no."
«Va hacia el espejo para examinar su figura, se coquetea, se lanza un beso. Se acerca y se revelan las mil desveladas que se ha echado encima desde que se inició en la carrera de artista...».
Pocas veces te decepcionas: Las hay, digamos, más terrenas; la vecina de cualquier barrio que encontró aquí un escape de la pobreza, de la frustración social, y, quizá, del gris anonimato. Reinas de la noche, deseadas, admiradas, muchas sorprendentemente bien pagadas.
Y ahora: «¡Nuestra estrella, la extraordinaria, la bellísima... Corina Monti!
«Sale, movimientos elásticos, ondulantes. Pasea su hermosura entre la grita de hombres exaltados que escudriñan sus curvas y oquedades buscando descubrir en ella a la mujer más bella del mundo.
«La rechifla alcanza niveles más altos cuando, con un gesto teatral, la muchacha les da la espalda y levanta sin pudor sus nalgas de satén asomándose por una ventana en forma de corazón de su vestido...»
El ambiente no es suntuoso ni mucho menos recuerda —al menos, ojalá— a la atmósfera gangsteril de uno de aquellos cabarets de Chicago. Aquí el pragmatismo de las instalaciones se sostiene todavía de la pueblerina habitualidad a lo sencillo, que gasta en donde le ofrezcan una salida, aunque sea efímera, a la angustia cotidiana... y si algo revuela en la atmósfera es un tufillo de narcocultura...
Estos antros cambian de nombre como de camiseta. Cada año pretenden ser un negocio distinto, con supuesto nuevo ambiente o escasamente lograda nueva imagen, pero son lo mismo, en el mismo lugar y con la misma gente.
«Rostros, gestos, los mismos todos de todas las noches... Para ella son un retrato viejo ante el que expone su talento.
«Inicia la parte final del espectáculo... Juega en su rutina de demoras y sobresaltos, pudores y atrevimientos con que mantiene en vilo a la concurrencia.
«Los pechos desnudos, las manos cruzadas sobre el pequeño corazón de seda que cubre el último resquicio.
«Y ahora cuestiona con los ojos a su público la posibilidad de descubrirlo.
«Alguien grita una leperada desde la oscuridad y Corina quisiera verle la cara a quien pretende rebajar su arte...»
¿Una palabra que englobe la experiencia en un table dance?: euforia.
La sangre trasuda, hierve... Sin embargo, hay quizá algo más revoloteando en esa atmósfera... algo, no sé, de repente puede uno recordar una plaza de mercado antigua, repleta de colores, olores, gritos y ansiedades, donde el epicentro es el templete donde un vendedor gordo y sudoroso... vende esclavos...
«Momentos después recoge rápidamente su bolsa y se ajusta la faldita atigrada. "Mejor me voy a hacerle la lucha a La Academia o algo. Aquí me voy a acabar la vida tirándole perlas a los puercos".
«En el frío de la noche repiquetean sus tacones anaranjados, esquivando ligeros las grietas de las aceras...»
(La historia de Corina corresponde a fragmentos del cuento “La artista”, de Juana Rios Aizú en su libro “La tía Violeta y otros entes”, Premio del Centenario de Mexicali y editado por el Seminario de Cultura Mexicana).
* Periodista y promotor cultural
Comentarios: freydig1@yahoo.com.mx
Por: miguel angel vazquez ramos | el mororjom de la cultura | Comentarios (0) | Referencias (0)
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