Jueves, 26 de octubre de 2006
José Roberto Vázquez
Llego el domingo en la mañana para llevar a mi madre a misa, y está lista esperándome con sus mejores galas. Mientras saco la silla de ruedas en la cual la transporto, veo que su ánimo de mujer próxima a cumplir los 90 años no decae. Tiene una vitalidad y proyección hacia el futuro, increíbles. Hace planes sencillos y manifiesta sus deseos de seguir siendo útil, en el cumplimiento de las actividades cotidianas. Como todos los hogares de los primeros pobladores, mi padre y mi madre viven en una casa demasiado grande para ellos. Cuando iniciaron su construcción estábamos adolescentes, por lo que las recámaras se fueron construyendo con la intención de cubrir las necesidades de espacio. Ahora, cuando ya todos nos independizamos, resulta que los espacios que comparten son más amplios, por lo que los recuerdos se les amontonan y entremezclan con sus actividades cotidianas, mientras los acompañan suavizando su soledad. Viven bien, viven viejos, viven contentos de ser ellos y tener nuestro apoyo.
Cuando paso por la cocina empujando la silla de ruedas de mi madre que si camina, pero que necesita apoyo de ida y vuelta a la iglesia, siento el calor de la estufa de leña y veo a mi padre encargándose con esmero, de cocer los frijoles, mientras lee el periódico y toma una tasa de café negro al estilo Sonora. Él tiene 89 años y toda su vida fue albañil. Con el peso de los años pareciera que en lugar de perder energías, las recarga cada día su organismo. Aunque su cuerpo ya muestra una curvatura anormal por los años y los trabajos ejercidos, no se raja y sigue dejando su huella.
¿En qué consiste la resistencia a las enfermedades y a las frustraciones con las que ambos han venido batallando, que no los alcanza a derrotar? No lo sé, pero estoy conciente de que como migrantes nacionales, mis padres llegaron a Baja California en 1950, cuando era territorio, decididos a permanecer para siempre. No sólo se trajeron a sus hijos con ellos, sino que también jalaron con su firmeza de carácter y con la decisión de fortalecer con su trabajo a Tecate. La casa donde viven, nuestra covacha, fue la primera que se construyó en la colonia Pro-Hogar en el año de 1957. La Avenida Revolución se terminaba en la Calle 14 y después seguía una zona cubierta de viñedos, protegidos por hileras de olivos que las salvaguardaban de los ancestrales vientos de Santa Ana.
Ahora que los veo en su casa apoyándose uno al otro en lo que pueden, intentando suavizarse el rudo camino diario, o como todos, peleando sus viejas batallas y reviviendo sus viejas rencillas, les agradezco que nos hayan dado la fortaleza de verlos crecer y verlos retar sus frustraciones y vencerlas con su terquedad. Les agradezco que, a su manera cada uno, nos mostraran que lo más importante de vivir mucho tiempo, es poder hacerlo dignamente.
De mi padre, conservaremos la constancia de dejar las cosas hechas a la medida de las circunstancias, como evidencias concretas de nuestro paso por la vida. También la perseverancia en las ideas y el compromiso con sus creencias políticas. Él en sus tiempos de plena energía, se integró al PRI y siempre conformó la oposición dentro del hogar. Sus hijos, crueles dispares, nunca comulgamos con ese partido por la clara e histórica corrupción que lo rodea, adoptando preceptos ideológicos de izquierda. Sin embargo y a pesar de los posicionamientos políticos que se sucedieron en nuestra vida en familia, nunca rompimos con el patriarca. Asumimos el viejo adagio de el que manda, manda.
De mi madre, retendremos siempre el interés por a literatura y las ganas de salir adelante contra viento y marea; el amor por la familia y la terquedad del que lucha y la larga vence. Por eso, ahora que la miré en la iglesia cansada y sentada en su silla, refrendé internamente el compromiso de atenderla mientras pueda. El desgraciado evento de mala suerte que la desplomó al suelo frente a su cama, quebrándose el fémur izquierdo hace más de tres años, no la ha detenido. Perdió cierta capacidad para movilizarse independientemente como siempre lo hizo, pero no perdió la posibilidad de ordenarle a sus piernas que la llevaran a dónde ella decida, perdió movilidad, pero no disminuyó su energía ni sus ganas de ser útil, porque ésta ganas le salen de sus ansias de vivir plenamente.
Algo más
Perdió, pero como siempre, ganó.
Último
Perdió, pero no perdió.
vazquezjr@yahoo.com
Lic. en Economía con Maestría en Asuntos Internacionales por la UABC.
Por: miguel angel vazquez ramos | el mororjom de la cultura | Comentarios (0) | Referencias (0)
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