Domingo, 03 de diciembre de 2006
Jorge Arturo Freydig*
Nación cinismo
Lo que ocurrió este primero de diciembre en el Auditorio Nacional fue la consumación del cinismo. El aplauso hitleriano de aquéllos a quienes no les importa la forma en que sus candidatos se hagan del poder.
Lo que ocurrió la medianoche de este primero de diciembre en Los Pinos y a mediodía en el Campo Marte fue el anuncio evidente de una tiranía apoyada en el poder militar.
Lo que las conciencias libres de intelectuales, artistas, líderes sociales, indígenas y doñitas del pueblo mexicano han estado anunciando durante meses es el nuevo ascenso de la corrupción del espíritu al poder.
El punto central de discusión nacional no debería ser si hubo o no fraude electoral, sino que habiéndose dado sin lugar a duda alguna durante todo el proceso electoral el apoyo abierto e inconstitucional al propio partido en el poder por parte de un gobierno que se decía democrático y de los grandes consorcios televisivos, ahora resulta cínicamente aplaudido por los vencedores el haberse hecho de esa manera con el poder y con la simpatía completa o parcial o peor aún la indiferencia de al menos la mitad de la ciudadanía.
El punto central de la discusión nacional tendría que ser ahora el de un problema sociológico, antropológico, cultural; un grave problema, una enfermedad del espíritu de la nación.
Si antes aún me debatía ante lo que parecía evidente, ahora tengo la certeza absoluta de que el mexicano es un pueblo de alma corrompida.
Un pueblo que apenas liberado de una monarquía despótica buscó o aceptó nuevos y sucesivos despotismos durante todo su primer siglo de vida independiente, levantándole siempre que pudo arcos del triunfo al poder que lo pisoteaba.
Un pueblo que apenas hacía triunfar una sangrienta revolución social ya doblaba las manos ante los maximatos militares, y que apenas recuperaba brevemente el triunfo revolucionario con el cardenismo volvía a inclinar la cabeza ante la dictadura de un partido, haciéndole siempre que pudo desfiles triunfales y vallas de vítores al nuevo rey sexenal.
Un pueblo que, cuando finalmente tuvo la oportunidad de llevar al poder a un representante legítimamente electo, optó por llevar a un loco e inepto evidente, voceando hurras de triunfo a una caricaturesca democracia.
Por primera vez, sin embargo, este pueblo no vitorea por las calles ni alza arcos del triunfo para recibir a su nuevo presidente.
Por primera vez este nuevo rey sexenal, porque se sabe al menos no del todo legítimo, anuncia la toma del poder a escondidas en la residencia oficial, como ladrón a medianoche, irrumpe a empujones en el recinto legislativo para en presencia de millones colocarse el mismo la banda presidencial, se amuralla en un auditorio para ser ungido por el aplauso de sus huestes elegidas, pasa revista a sus nuevas tropas no por protocolo sino para anunciar la mano de hierro y fuego.
Y aun así al menos la mitad de la ciudadanía lo aplaude o sonríe de lado o lo acepta con su silencio.
Lo peor de todo, lo peor en verdad no es que esta manifestación del cinismo de a quienes no les importa la forma en que sus candidatos se hagan del poder sea privativa de una facción política, sino que muy probablemente hubiera sido igual de haber triunfado cualquier otra facción o partido aun por vía de la imposición.
Lo mismo ha ocurrido en el Distrito Federal en los últimos diez años, lo mismo ha ocurrido y acaba de ocurrir en Tabasco, lo mismo está ocurriendo y ocurrirá en Oaxaca, exactamente lo mismo que ha estado ocurriendo durante tres sexenios en Baja California.
Prácticamente todos quieren hacerse del poder para sí y para los suyos sin importar a quién aplastan, enarbolando no los valores de la democracia sino los dudosos beneficios de la mecánica electoral devenida en control del aparato y en vil mercadotecnia.
Ante toda esta corrupción del espíritu nacional, ante todas sus consecuencias, ante toda la inequidad de que unos y otros nos hacemos los unos a los otros víctimas sucesivas, son las conciencias libres las que claman o ven necesaria la salida revolucionaria.
Por más que se niegue, los signos de la etapa prerrevolucionaria están aquí y ahora: el desconocimiento de las instituciones por parte de millones; y, sobre todo, encima de todo y más doloroso aún: un pueblo polarizado, prácticamente dividido en dos, los de arriba y los de abajo, el norte y el sur, los azules y los amarillos, los libres y los esclavos, los dormidos y los despiertos... o peor aún, sí incluso peor que cualquier cosa aquí o en otra parte dicha: un pueblo dividido en dos por simples ambiciones facciosas.
Nadie, o al menos nadie en su completo y sano juicio desea una salida armada a este conflicto del espíritu nacional.
Lo que realmente necesita este pueblo es una revolución cultural, pacífica pero valientemente civil, que le devuelva los valores universales al alma corrompida de este pueblo, o que se los dé a conocer si es que acaso nunca los ha comprendido.
Los ciclos de la historia se cumplen... y hay fechas que se vuelven emblemáticas, con toda la tremenda fuerza del símbolo...1810... 1910... 2010 ya viene.
* Periodista y promotor cultural
Comentarios: freydig1@yahoo.com.mx
Por: miguel angel vazquez ramos | el mororjom de la cultura | Comentarios (0) | Referencias (0)
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